2019: libros argentinos, crisis y el desierto que vencieron

En medio de la crisis y la caída en las ventas, la literatura argentina brilló con títulos notables y hubo premios prestigiosos para varios de sus autores.

“Un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”, decía Franz Kafka. La frase la recuerda Eugenia Almeida en Inundación. El lenguaje secreto del que estamos hechos (Ediciones DocumentA/Escénicas), uno de los mejores títulos de 2019. Los libros como hachas -que “nos golpean como una desgracia dolorosa”, como precisó el escritor checo- no están en peligro de extinción. Pero la industria editorial se hundió, sin tocar fondo aún, como si la política económica neoliberal de Cambiemos hubiera logrado “naturalizar” el paisaje de la caída y el ajuste. Aunque la cantidad de títulos editados se mantuvo constante en los últimos cinco años, un promedio de 28.000 por año, la producción de ejemplares se redujo casi a la mitad en relación a 2016, según la Cámara Argentina del Libro (CAL), la entidad que reúne a más de 500 representantes de medianas y pequeñas editoriales. La tirada de los lanzamientos del sector comercial pasó de 2.700 ejemplares (2016) a 1700 (2019). María Teresa Carbano, la presidenta de la Fundación El Libro, habló de la “grave crisis” que atraviesa el sector durante la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y confirmó que el primer trimestre de 2019 fue el peor de los últimos cinco años.

Menos, nunca puede ser más. Adaptarse para sobrevivir fue la estrategia del sistema editorial. El 74 por ciento de los sellos modificó el plan de publicaciones para reducir costos y enfrentar un contexto económico adverso de alta inflación y caída de ventas. El 62 por ciento de las editoriales reconoció que redujo las tiradas; un 50 por ciento reforzó canales de ventas directos, como la participación en ferias del libro en todo el país; un 50 por ciento admitió que rechazó obras por falta de presupuesto y un 41 por ciento optó por reforzar la venta digital para reducir los costos de distribución. El 60 por ciento de las editoriales informó una disminución en las ventas de libros que osciló entre unos 5 a 20 puntos durante el último trimestre. La caída del empleo registrado, que en algunas ramas de la cadena de valor superó los 20 puntos, es otro indicador de la crisis. En el sector gráfico es donde peor se manifestó, como lo confirma la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines (FAIGA) con la pérdida de más de 5000 mil puestos de trabajo desde 2015. A este panorama complejo hay que agregarle el cierre de más de 50 librerías, que representa el 5 por ciento del total de las librerías comercialmente activas. La cadena de librerías Distal cerró 6 locales en mayo y dejó a más de 40 trabajadores en la calle. Para aportar alivio a las librerías, cuya subsistencia está en riesgo por la combinación de las políticas de ajuste, la apertura indiscriminada de importaciones, la caída del consumo y el descontrolado aumento de tarifas en los servicios y alquileres, el presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, Daniel Filmus (FPV), presentó un proyecto de ley que propone incluir a las librerías entre las beneficiarias de la descarga del Impuesto al Valor Agregado.

“Editoriales, libreros y cámaras de la industria editorial argentina confirmaron en los primeros meses de 2019 su peor crisis histórica agravada por los millones de volúmenes perdidos y por la generación de verdaderos daños estructurales”, plantea el informe difundido por el Observatorio Universitario de Buenos Aires (OUBA), que depende de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “El sector atravesó varios momentos severos de crisis a lo largo de su desarrollo, que posiblemente no puedan ser estrictamente comparables entre sí por circunstancias históricas y puntuales, pero sí podemos decir que esta tal vez sea la crisis más prolongada alcanzando ribetes estructurales por su extensión en el tiempo”, advirtió Diana Segovia, gerenta de la CAL. “Estamos con la mitad del mercado de producción de la primera tirada en relación al año 2015. Se pierden lectores y después es muy difícil recuperarlos, además estos tiempos propician el auge de la piratería en especial en formatos digitales de distinto tipo con perjuicios para la industria”, explicó Segovia. La pérdida de lectores se manifiesta en un dato: el promedio anual de lectura pasó de tres libros por habitante en 2013 a 1,5 en 2017, según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales.

En septiembre de 2019 se podían comprar 23,9 libros con el salario mínimo, vital y móvil (15.625 pesos, según el INDEC), la cifra más baja de la década, a un precio promedio de 655 pesos cada libro. En 2011, durante el gobierno de Cristina Fernández, se compraba 31,9 libros con un sueldo mínimo de 2.300 y a un precio promedio de 72 pesos. Hay un dato que no se puede perder de vista y es la imposibilidad del precio del libro de acompañar una inflación superior al 50 por ciento. Un grupo de intelectuales denunció el “vaciamiento” de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica, (FCE), la editorial del estado mexicano dirigida por el escritor Paco Ignacio Taibo II, quien decidió cancelar contratos con autores locales y paralizar las obras listas para ser publicadas. “La vida intelectual y académica argentinas le debe mucho a Fondo de Cultura Económica. Sus traducciones de clásicos y de autores contemporáneos, que luego devendrían nuevos clásicos, fueron decisivas en el desarrollo de las disciplinas sociales y humanas de nuestro país”, alertaron en una carta Maristella Svampa, Carlos Altamirano, Elizabeth Jelin, José Emilio Burucúa, Horacio Tarcus y Dora Barrancos, entre otros.


No se trata del “llanto del sector”, como señaló María Teresa Carbano, la presidenta de la Fundación El Libro. A la realidad concreta, reflejada en el desplome de la producción de ejemplares, las tiradas y las ventas, se añadió una política deliberada de repliegue del Estado durante los cuatro años que gobernó Mauricio Macri. “Los incentivos a la producción y la compra estatal de libros, por licitación, se dejaron de lado, tras tomar impulso con la sanción, en 2006, durante el gobierno de Néstor Kirchner, de la Ley de Educación Nacional, en la que los libros se concibieron como material de promoción de lectura en escuelas públicas de los niveles inicial, primario y secundario y llegaban gratis a los alumnos. Alberto Sileoni, que se desempeñó como ministro de Educación entre 2009 y 2015 durante las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, promovió la compra, también por licitación, y con la misma finalidad de promoción de la lectura, de autores nacionales”, se recuerda en el informe del Observatorio Universitario de Buenos Aires (OUBA). “Por otra parte la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares), conformada por casi dos mil bibliotecas y 30 mil voluntarios en toda Argentina, contribuyó asimismo a la promoción de la lectura. Una estadística oficial muestra con claridad el cambio de situación con la asunción del gobierno de Macri: de 1150 millones de pesos en 2015, en el renglón de compras estatales de libros, se pasó a erogar sólo 100 millones de pesos en 2016”. Para resumir el problema de fondo de estos últimos cuatro años: el consumo se desplomó, el mercado del libro se achicó por la disminución de las ventas y la pérdida de rentabilidad, se perdieron puestos de trabajo, cerraron editoriales, librerías e imprentas y el Estado, en vez de intervenir para amortiguar el impacto, dejó de comprar libros.


La excepción a la regla de un año tan duro fue Sinceramente, de Cristina Fernández, publicado por Sudamericana, sello que pertenece al grupo Penguin Random House. El acontecimiento editorial de 2019 fue presentado ante una multitud durante la 45° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. ¿Quién puede vender 350 mil ejemplares en un contexto de recesión económica y caída de las ventas? Cristina lo hizo con ese libro que devino una suerte de tubo de oxígeno para las librerías, el eslabón más débil y con menos margen de maniobra para enfrentar la crisis. Los primeros 20 mil ejemplares de Sinceramente no se agotaron cuando el libro llegó a las librerías, sino a la hora del anuncio de que sería publicado. Más allá de lo estrictamente comercial, fue el primer atisbo de esperanza y hasta se podría postular desde la mirada retrospectiva que ese libro (y el fenómeno que generó) anunció el cambio político del país, días antes de que se conociera la fórmula presidencial que finalmente ganó las elecciones. “Los libros volverán a estar en nuestras aulas y en nuestras casas –prometió el presidente Alberto Fernández-. Vamos a producir libros que eduquen, que nos hagan pensar o que simplemente nos entretengan. Admitamos que este año, tan solo con una idea, movilicé la industria editorial… sinceramente”. El presidente se arrogó la autoría intelectual del libro de 2019, autoría reconocida por la propia Cristina, cuando confesó que fue Alberto Fernández quien la animó a escribir sus memorias

De los libros de ficción de 2019 se destacaron Serotonina de Michel Houellebecq, Recuerdos del futuro de Siri Hustvedt, Tiempos recios de Mario Vargas Llosa, Los testamentos de Margaret Atwood, que ganó el Man Booker Internacional con esa novela que continua quince años después con la historia de El cuento de la criada; Los errantes de Olga Tokarczuk; ganadora del premio Nobel de Literatura 2018 -que se anunció conjuntamente con el Nobel 2019 al polémico Peter Handke-; Valeria Luiselli con Desierto sonoro (Sigilo); Tiempo pasado de Lee Child, editado conjuntamente por Eterna Cadencia y Blatt & Ríos; El nadador en el mar secreto, intensa y bellísima novela autobiográfica del escritor estadounidense William Kotzwinkle, editada originalmente en 1975, publicada por primera vez en Argentina en 2019 de la mano de China Editora; y la reedición de ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? de Lorrie Moore, publicada por Eterna Cadencia. Moore visitó Buenos Aires, invitada por el 11° Filba (Festival Internacional de literatura en Buenos Aires).


La narrativa argentina tuvo un gran año con títulos a destacar como la extraordinaria La ruta de los hospitales (Alfaguara) de Gloria Peirano; la notable novela La tierra empezaba a arder (Lumen) de Cynthia Edul; la bellísima y desgarradora La Jesenská (Paradiso) de Ana Arzoumanian –tres novelas donde las protagonistas son mujeres de distintas generaciones-; Furia de invierno (Edhasa) de Perla Suez; Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara) de Patricio Pron, con la que ganó el Premio Alfaguara 2019; La parte recordada (Literatura Random House) de Rodrigo Fresán, la culminación de su trilogía sobre la creación literaria.

También se conocieron los cuentos El tormento más puro (Emecé) de Fernanda García Lao; ¡Felicidades! (Seix Barral) de Juan José Becerra; Magôkoro. Carta del padre de Haru (Catedral) de Flavia Company; dos libros de Eduardo Berti: la magnífica novela Faster (Impedimenta) y Por. Lecturas y reescrituras de una canción de Luis Alberto Spinetta (Gourmet musical); la novela Campo de Mayo (Literatura Random House) de Félix Bruzzone; Rara (Emecé) de Natalia Zito; los bellísimos cuentos de El tropiezo del tiempo (editado conjuntamente por Libros del Zorzal y Edhasa) de Eduardo Álvarez Tuñón; los Cuentos completos de Hebe Uhart, publicados por Adriana Hidalgo; El sufrimiento de los seres comunes (Planeta) de Guillermo Saccomanno; y la Poesía reunida de María Teresa Andruetto, por Ediciones en Danza.

Ocho escritoras argentinas recibieron premios internacionales en 2019. Claudia Piñeiro ganó el premio Blue Metropolis (Canadá) por su labor literaria; María Moreno fue la ganadora del premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (Chile); Ángela Pradelli obtuvo el premio a la mejor novela publicada en español en China por La respiración violenta del mundo, otorgado por la editorial People’s Literature; Luisa Valenzuela se convirtió en la primera escritora argentina en ganar el Premio Internacional Carlos Fuentes a la creación literaria (México). También María Gainza ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La luz negra. Mariana Enriquez fue la primera argentina en ganar el premio Herralde de Novela con Nuestra parte de noche (Anagrama); Selva Almada obtuvo el premio First Book Award, otorgado por la Feria Internacional del Libro en Edimburgo por su novela debut, El viento que arrasa, traducida al inglés como The Wind that Lays Waste; y finalmente, Leila Guerriero ganó el Premio Internacional Manuel Vázquez Montalbán en la categoría Periodismo Cultural y Político (España).

El año 2019 terminó con una gran noticia para la comunidad de escritores, editores, imprenteros y lectores: el regreso del Plan Nacional de Lecturas, coordinado por Natalia Porta López, que se propone llegar a 10 millones de niños y adolescentes de niveles primario y secundario. Hay un gran consenso en torno a la necesidad de que se apruebe la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino (INLA), proyecto de ley presentado por Filmus, organismo que implementará las políticas públicas de fomento y promoción de la actividad editorial argentina para fortalecer el acceso democrático, igualitario y federal del libro. El atisbo de reactivación del sector que implica la vuelta del Plan Nacional de Lecturas derrama un poco de esperanza a una industria malherida y dañada; un daño que costará tiempo reparar.

Por Silvina Friera para Pagina/12